miércoles, 25 de marzo de 2009

Perito en dunas

Cada vez que decía que iba a pasar una semana en Brasil, a su interlocutor de turno invariablemente se le encendía una sonrisa maliciosa. Pero cuando el viajero añadía que iba al desierto de Brasil, a ver unas dunas enormes pespunteadas de lagos de agua dulce, el otro arrugaba el ceño y meneaba la cabeza.

Después de sobrevolar Lisboa y aterrizar al norte del diáfano estuario que forma el Tajo al llegar al Atlántico, el viajero tiene que correr para abordar el aparato que continúa hasta la ciudad de Fortaleça. Ha seguido el vuelo con curiosidad cada vez que la pantalla concedía una pausa y se abría para indicar los datos -todos como siempre estremecedores: temperatura, altura, velocidad...- y situar al avioncito virtual sobre un rosario de islas, Madeira, Canarias, Cabo Verde, que van jalonando como piedras en un río el trayecto de la nave hasta llegar a un punto situado algo más arriba de la joroba de Brasil. ¿Seguirá echando de menos su ayuntamiento con el vientre que forma el golfo de Guinea? ¿Qué se llevaría encima cuando se separaron los dos continentes? ¿Bosques de palmeras, animalitos, poblados enteros?

Antes de pasar control de pasaportes el estado de Ceará advierte contra el turismo sexual con unos grandes cartelones de muchachos y muchachas que invitan a decir no. Se siente el calor del trópico y una lluvia gris cae sobre la ciudad de Fortaleça, que se extiende trazando un arco muy abierto sobre una enorme playa donde se yerguen un montón de palmeras desmochadas, sucias y melancólicas. Pura transición hacia las playas más septentrionales, el viajero apenas sale unas cuadras de un hotel que promete resort, con sus muros de cemento ribeteados de colores pastel, para despacharse unos peces, unas cervezas y unos frijoles frente a la arena donde yacen como esqueletos las estructuras metálicas de cientos de chiringuitos.


Al día siguiente por la mañana, bajo el alegre sol de la madrugada del trópico están formados los todo terreno que llevarán hacia Jericoacoara al grupo de viajeros que se ha juntado en el hotel. Se trata de Land Rover flamantes, ahora ya sin esos odiosos trasportines traseros y con una suspensión cómoda para el asfalto que les deparan las siguientes tres horas de paisaje ininterrumpido de palmeras de todas clases y formas. El chófer del vehículo explica imponiéndose al ruido del motor las múltiples aplicaciones de estos enormes palmerales y sus cocos. El viajero cree escuchar algo sobre un programa llevado a cabo por la Universidad de Pará para investigar productos de origen vegetal denominado Poema, Pobreza y Medio Ambiente en Amazonía. Sin duda estamos en el trópico, murmura para sí.

El conductor explica también que gracias a la época de lluvias en la que nos encontramos en pleno mes de abril, el lujurioso bosque verde que se abre a ambos lados de la carretera, no se convierte en un erial agostado y ocre.

Tras unas cuantas bifurcaciones y algunos kilómetros más de asfalto los coches entran en una carretera primero polvorienta y luego arenosa. Se hace un alto para comer pescado, arroz y frijoles frente a un mar muy azul, regados en unas cervezas envueltas siempre en un caparazón rojo de plástico que promete resguardarlas del calor. De nuevo en los todo terreno, éstos enfilan la playa avanzando decenas de kilómetros a orilla de las olas, mientras el cercano horizonte dibuja las primeras dunas y las primeras palmeras solitarias con su charquito al lado, exactamente igual a los espejismos que se les aparecían a los náufragos del Sahara en los tebeos de una infancia ya remota

Está cayendo el sol y el conductor acelera la marcha y sale de pronto de la orilla para atravesar un camino que apenas se distingue. Al fondo empiezan a destacarse las siluetas de un poblado de construcciones bajas que el vehículo desdeña mientras atraviesa un regato y enfila una gigantesca duna donde se sientan, casi parece que con los pies colgando, una fila interminable de jóvenes descalzos, ataviados todos con indumentaria minimalista y tanto ellos como ellas con larguísimas melenas. El sol empieza a caer cada vez más rápidamente sobre el horizonte, casi desplomándose, amenazando con crepitar al hundirse en el agua. El viajero no espera el mitológico rayo verde que tanto ansiaba ver Cortázar pero mira de soslayo de vez en cuando bajo las tupidas gafas de sol.
En Jericoacoara ya hay luz, agua corriente y teléfono, pero aún no carretera asfaltada ni banco. Hay ya hoteles lujosos que juegan a feng shui y spa de mentirijillas, pero las ranas siguen hipando por centenares cuando el sol ya se ha ocultado del todo. “Es igual que hace 20 años”, escribe en su móvil a una amiga pionera que viajó en camión a este rincón mecido por las canciones de los Beach Boys. “Pero ha perdido ese encanto de paraíso auténtico y ahora es de casitodoacien” exagera apurando los 160 caracteres.

La mañana arranca lluviosa. “Es temporada” sonríen las dos chicas de recepción mientras levantan apenas los hombros. “Pero sólo un momentico, luego sol, muito sol” le responde uno de los conductores de la fila de bugis estacionados afuera. El día trascurre subiendo y bajando dunas a toda velocidad, haciendo fotos, atravesando lagos sobre almadías rudimentarias empujadas por los bicheros de los pescadores desplazados ahora a quehaceres más productivos, deslizándose por las dunas en tablas engrasadas en una especie sand board. El viajero abre las aletas de la nariz pretendiendo captar el aroma a breas, salitres y peces de un mar que no huele. Al fin, tras bajar la enésima duna, los pequeños bólidos rojos aparcan frente a unos chiringuitos instalados a modo de palafitos sobre el agua turbia de una laguna. Incluso hay mesas instaladas directamente sobre el agua.
Al cabo de unas horas y tras un atardecer que se arrastra lento los jinetes regresan al hotel con la satisfacción de haber hecho algo políticamente incorrecto y ecológicamente reprobable.

Al día siguiente toca barco, un lanchón panzudo y plácido que desde Camoncin se tomará unas cuantas horas en atravesar parte del Delta del Parnaíba. Nadie deja de escrutar el agua ante el anuncio de que podrían verse yacarés. Pero solo algunas tímidas iguanas contemplan impávidas y perezosas la comitiva desde algunos árboles pelados de la orilla. Sigue sin haber pájaros.
Casi con la caída del sol los tuc-tuc llegan resoplando hasta un recodo del río donde vuelven a levantarse unas dunas doradas a las que se fija el ancla. Al otro lado de Feijoo Bravo está el Atlántico y una playa kilómetrica, vacía en toda su extensión. Unos se sientan, otros intentan fotografiar la inmensidad de la playa desnuda, el horizonte de cúmulonimbos, los más corren hacia los olas templadas.

Tras regresar a una isleta del delta y cenar plácidamente desembarca un grupo de franceses sonrosados de un barco versión 2.0 de crucero lunamielero y se instalan en una terraza donde disfrutar de su cena y de un grupo local de forró ¾música tradicional de la zona¾ que el guía les ha contratado. Nuestro grupo, con cervezas y capirinhas en la mano se acerca tímidamente a asistir como de tapadillo a un espectáculo pagado por los franceses.
El cantante, un hombre mayor con manos de campesino, desgrana larguísimas canciones de ritmo repetitivo, que suenan mitad rap, mitad reggae, mitad salmodia sufí. Al cabo de una hora larga de actuación, tres canciones salpicadas de dos breves pausas, los músicos se retiran seguidos al poco tiempo por los franceses. No podría averiguarse cuál de los tres grupos está más cansado. Suben al crucerito, las luces se van apagando mientras se alejan y se encienden las estrellas, y al quejido armónico y un punto hipnótico del forró le sucede un silencio áspero sólo roto por alguna inevitable rana y el zumbido de los mosquitos.

El sol se levanta despacio sobre el delta iluminando una bahía en marea baja, salpicada de pequeñas embarcaciones, diríase que diseñadas más para protegerse del sol que para disfrutar el paisaje. El capitán del tuc tuc que nos llevó ayer –barbado, moreno, de mediana edad y auxiliado por un grumete con trazas de ser su hijo-, saluda con la mano mientras apareja unos cabos.
El pasaje va acomodándose, cada uno de acuerdo a su ánimo: sentados bajo la techumbre de la cubierta los mayores, tendidos sobre ella los más jóvenes. El lanchón avanza perezosamente por un dédalo de bifurcaciones de paredes verdosas mientras se pueden contar las revoluciones del motor, un poco asmático. El viajero recordará un viaje del mismo porte en el célebre vaporetto del Retiro hará ya demasiados años, mientras le cedían paso las carpas medio podridas del estanque y los gorriones jugaban a ser gaviotas persiguiendo una estela anoréxica para ganarse unas migas de patatas fritas.

El barco arriba a Tutoia, un pequeño pueblecito de pescadores, donde apenas hay tiempo de apurar unas cervezas garimpeiras. A continuación se abordan los todo terreno que atravesando una larga lengua de tierra por carretera de tierra y tras subir unas dunas monstruosas permiten ver el mar presentido tanto rato más allá del cauce del río. Nadie en el horizonte, apenas unas vaquitas ajenas, unos cayucos semi abandonados, un grupo de capoeira practicando al lado de unas cabañas de pescadores. Los Land Rover siguen pisando las olas asustando literalmente a pequeñas manadas de peces diminutos asentados en los riachuelos que nadan a saltitos camino del océano. En el horizonte, allá por África, llueve.
Las cabañas del hotelito Porto Buriti, de techo de hierro corrugado y porche coquetón, están situadas en un largo puntal de arena, Ponta do Caburé, entre el Atlántico y el río Preguiças, que alguien comenta que significa “indolente”. Y en efecto nada parece alterar y mucho menos conmover a su música callada.

Los mosquitos se aprovechan de la ausencia de ventiladores y mosquiteras mientras se ríen abiertamente de los pieles blancas y sus ridículas lociones, brebajes y ungüentos. Alguien reparte espirales de piretrinas, más a modo de incensario que de remedio contra los tigres do noite.
El Preguiças desemboca cinco kilómetros más adelante que se cubren caminando de madrugada aliviando los picores de las pantorrillas con el agua salada, a la vez que se contempla, en esos silencios que propician las madrugadas, el mar grisáceo y las tormentas lejanas. Todas las parejas caminan cogidas de la mano.

A la tarde, el río, ahora remontado en lancha rápida fuera borda, conduce a los pequeños Lençois, el vestíbulo del Parque Nacional de los Lençois Maranhenses, Si lo visto hasta ahora parecían dunas enormes, la que se levanta ante el viajero las empequeñece. Debe medir cerca de treinta metros de altura y como en las pirámides mayas más escarpadas, han tendido una cuerda para ayudar en la escalada, que se realiza hundiendo trabajosamente los pies descalzos hasta media pierna en la arena extrañamente fría.

El grupo camina solitario sobre la cuerda de varias dunas hasta descubrir pequeños lagos en las hondonadas que albergan laguitos de temperatura volcánica. Al fondo se dibujan pequeñas manadas de caballos de piernas finas y la línea azul del Atlántico. Unos se bañan, otros se sientan en el borde de las dunas, otros se tiran por las laderas, los menos se echan las cámaras a la cara tratando de buscar curvas que enmarquen el horizonte infinito y alguna sombra que suavice la luz de albero sevillano.

Pero sólo se entiende el nombre del parque cuando se sobrevuela en avioneta. Entonces, sí, los Lençois parecen eso, sábanas blancas tendidas al sol. Como si se hubieran extendido al cegador sol de la mañana con desgana, sobre una vegetación de ribera que les levanta jorobas y les dibuja arrugas bajo el tejido blanquísimo. Hay lagos de todos los colores -del ocre al turquesa, del ópalo al de la leche turbia recién ordeñada- , y si se entornan los ojos el paisaje podría recordar al que vislumbraba el paciente inglés bajo su avioneta.

Luego, durante lo que queda del día, se recorrerán en Toyota, ahora sí tecnología japonesa para vadear pozas y ríos cuyas aguas trepan por el capó. Los conductores eligen -uno puede llegar a sospechar que al azar-, diminutas trochas donde las ramas golpean las ventanillas.
La primera parada es para visitar varias lagunas, Lagoa do Peixe, Lagoa da Esperanza, Lagoa Bonita hasta llegar a la más hermosa, Lagoa Azul, un estanque de un intensísimo azul celeste repleta de pequeños pececillos. Han sido dos horas de baile descoyuntador sobre los asientos posteriores del coche instalados en la tina, y un largo paseo con los pies descalzos hundiéndose en las arenas. Al llegar, un hombre mayor que porta un maletín negro sospechosísimo del que no se ha separado ni un instante en todo el viaje, maldice por lo bajo. “El que quiera azul celeste, que le cueste” masculla entre dientes el viajero recordando las chanzas de los mexicanos al llegar a los frescos de Bonampak, cerca del río Usumacinta, en medio de la selva chiapaneca.

De nuevo en los coches y tras otra hora de recorrido los Toyota llegan a un calvero. Bajan los conductores enarbolando su eterna sonrisa de cangaceiros, esos que robaban a los ricos para dárselo a los sintierra, a los auténticos desterrados del nordeste brasileño, y señalan con retranca un charco herrumbroso que hay que vadear y una duna a la que hay que subir trepando por una cuerda. Son las cuatro de la tarde y el sol aprieta.

Arriba los Lençois despliegan todo su poderío bajo las nubes. Una enorme extensión de dunas gigantes, algunas con lagos azulados y verdosos en su regazo, abarca hasta donde llega la vista. Las nubes de evolución juegan con las luces y las sombras. Al cabo de un tiempo el pequeño grupo se ha dispersado por el amplísimo horizonte. La luz cambiante y ahora ya un poco oblicua, la disposición de las diminutas figuras sobre el paisaje y la enorme extensión desierta recuerda extrañamente la sensación de soledad y recogimiento que producen los cuadros de Hopper.
El grupo vuelve sobre sus pasos, baja la duna, vadea el charco cobrizo y sube a los coches que emprenden el regreso por un atajo hacia el pueblo de Barreirinhas.

Desde allí y en cuatro horas de autobús en una carretera plagada de animales felices, indiferentes al asfalto, se llega a Sao Luis, una ciudad mestiza entre los mestizos, con influencias francesas, holandesas, africanas y antillanas que huele a la Habana. Sus casas desconchadas, las mujeronas sentadas en mecedoras a las puertas de sus casas, los palacetes modernistas invadidos por la melancolía y las hierbas, el ambiente pegadizo, los furiosos chaparrones, algunos pájaros cansados -¡por fin!-, mezcla de gallinazo y zopilote, y el reggae mezclado, no agitado, de Cidade Negra y del bahiano Edson Gomez que suenan por doquier en el calor de la noche, acaban contagiando su alegría a los viajeros que se duchan ávidamente para ganar la calle.
El vuelo del día siguiente a Fortaleça cierra el círculo de un viaje redondo.
Marzo 2006

Nunca podemos volver al mismo sitio. Incluso en el caso de que ese lugar no se haya vuelto irreconocible –cosa cada vez más difícil-, el paso del tiempo nos ha hecho irreconocibles a nosotros.

Eduardo Jordá, Lugares que no cambian